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miércoles, 21 de noviembre de 2012

El banco malo ese, ¿se podrá atracar?


    Isaac Rosa                                                 
                                                                                









Leo todo lo que se escribe sobre el “banco malo”, y no encuentro respuesta a una pregunta que me inquieta: ¿dónde pondrán el banco malo, con sus 60.000 millones tóxicos? ¿Hará el gobierno un concurso para que las localidades interesadas presenten candidatura, como hicieron con el almacén de residuos nucleares? ¿Disputarán los pueblos por quedarse con el banco malo? ¿Tendrá beneficios el municipio que lo acoja? ¿Hay peligro de que esté en zona de riesgo sísmico o inundable? ¿Y los vecinos? ¿Estarán seguros teniendo al lado un banco malo? ¿Aceptaremos comer tomates procedentes de las tierras próximas a su sede?
Es que oye hablar uno del banco malo, de la urgencia de los bancos por traspasar su carga tóxica a la nueva entidad, y se imagina un almacén lleno de basura radiactiva. Y sin embargo, los 89.000 pisos y 13 millones de metros cuadrados de suelo que el banco malo acogerá no necesitan mucho espacio. Basta un despacho, un ordenador, una usb.
Que no se hagan ilusiones los pueblos sin trabajo. Aunque impresione oír hablar de ladrillos, terrenos, activos tóxicos, traspasos, saneamiento, en realidad todo esto del banco malo es poco más que un apunte contable, una tecla pulsada y que en décimas de segundo socializa las pérdidas multimillonarias de los bancos que enloquecieron durante los años de la burbuja, y que ahora se quitan de encima el muerto, y para variar nos lo colocan a nosotros.
La jugada es maestra: el banco se hunde por el peso de sus créditos morosos, viviendas adjudicadas y embargadas, y suelo. Viene el Estado y se lo compra. Sí, claro, a un precio más bajo del que tienen apuntado en su balance, estaría bueno que encima se lo pagásemos a precio burbuja. El banco, ya más ligero, se olvida del fardo, y es ahora el Estado el que, con recursos públicos, gestiona los activos tóxicos poniendo cuidado en no perjudicar a los bancos saneados: por ejemplo, cuidando que no caiga mucho el mercado inmobiliario, no sea que los activos sanos de la banca se conviertan en tóxicos otra vez. Al mismo tiempo, abre la puerta a que el capital privado se haga cargo de parte del pastel, sobre todo fondos de inversión internacionales, cuanto más buitres mejor, que al olor del dinero (y el tóxico desprende un hedor especialmente atractivo) buscarán la forma de hacer negocio con esos activos, convirtiéndolos en nuevos productos financieros (¿les suena de algo?).
Y en realidad, ¿de qué estamos hablando? ¿Qué son esos activos tóxicos que ningún banco quiere ni en pintura, que el Estado va a meter en un costoso agujero, y que puede atraer a carroñeros financieros? Ya lo dije antes: además de crédito moroso, muchos pisos: 89.000 pisos. Y suelo, mucho suelo: 13 millones de metros cuadrados edificables.
Entre los 89.000 pisos habrá, claro, urbanizaciones de campo de golf; y entre el suelo habrá también mordiscos paisajísticos de esos que han devastado nuestro litoral. Pero también muchos pisos de barrio que están con las persianas bajadas, o a medio construir. Y mucho suelo de esas zonas que en tantas ciudades fueron urbanizadas, con sus calles, sus farolas y sus papeleras, y así quedaron.
Es decir: vivienda. Vivienda para hoy, y para mañana. Miles de pisos construidos y por construir. Viviendas vacías en un tiempo en que miles de familias son desahuciadas, tantos jóvenes no pueden independizarse, muchas otras familias viven asfixiadas con sus hipotecas y alquileres. Y viviendas por construir, para un futuro que vuelve a quedar a merced de los fabricantes de burbujas, que a partir del cargamento del banco malo y su efecto sobre el mercado inmobiliario intentarán poner las bases para otro ciclo de ganancia.
Es ya un lema común en todas las manifestaciones ese de “gente sin casa, casas sin gente”. Amplíenlo: “gente sin casa, casas sin gente, casas pagadas por el Estado, casas ofrecidas a fondos buitres”.
Sí, estaría bien aprovechar todos esos pisos y metros de suelo, ya que nos los vamos a quedar, para impulsar la vivienda social, sobre todo el alquiler social, que a tanta gente aliviaría. Pero para eso haría falta tener una política de vivienda que a este gobierno ni se le pasa por la cabeza, pues tiene cosas más importantes en que pensar.
Me parece tan escandaloso, que me entran ganas de ponerme una media en la cabeza y atracar el banco malo ese, haciendo buena la famosa frase de Brecht comparando el atraco a un banco con la fundación de un banco. En cuanto me entere de en qué pueblo lo ponen, dejo el coche con el motor en marcha en la puerta, y no respondo.

Yo era un tonto de alquiler y tú un listo con hipoteca




Durante muchos años yo era un tonto con piso alquilado y tú eras un listo con vivienda en propiedad. Y resulta que ahora, al cabo de unos pocos años, las tornas han cambiado: yo sigo en alquiler y tú con tu hipoteca, pero ahora yo soy el listo que no mordió el anzuelo de la burbuja, y tú el idiota que te dejaste atrapar y hoy te asfixias pagando una hipoteca por un valor muy superior al que ya nunca valdrá tu piso. Cómo ha cambiado la película.
Llevo viviendo de alquiler desde que me fui de casa de mis padres. Va para veinte años ya que pagó rentas mensuales a sucesivos caseros. No, no voy a echar la cuenta de lo que me he gastado en alquileres en estos años. Mucho.
Lo curioso es que hasta hace pocos años eran otros los que me echaban esa cuenta: bastaba que uno dijese, en conversación con amigos, que vivía de alquiler, para que le mirasen con una sonrisilla compasiva, ay, pobre, de alquiler, tirando su dinero de esa manera, y a continuación me calculaban el dineral que estaba tirando a la basura para nada, e intentaban convencerme de las ventajas de pedir una hipoteca: sí, son muchos años, pero al final tienes algo que vender o que dejar a tus hijos.
No sólo eso: comprar era el negocio del siglo. No ya que no tirases el dinero a la basura como los tontos de alquiler; es que además era una lotería de premio seguro, la inversión más rentable posible. Recuerdo decenas de cuentos de la lechera de quienes, tras enseñarte su casa, te decían eso de: “la compré por 200.000, pero ya vale 300.000”; o “el metro cuadrado ya está en 4.000 euros en mi calle”; o “si la vendo hoy le saco el doble de lo que me costó”. Y no aceptaban objeciones, no te escuchaban si tú les echabas tus propias cuentas, si les preguntabas cuánto acabarían pagando realmente al banco si sumaban el precio inicial más los intereses generados a lo largo de tantos años; qué iban a escuchar de un inquilino bobo que cada mes tiraba un puñado de billetes al fuego. Además, la vivienda subiría por los siglos de los siglos, era metafísicamente imposible una caída de precios.
Y ahora, de repente, el discurso se ha dado la vuelta. Ahora resulta que el problema de España es que no alquilamos tanto como en otros países, que tenemos la manía de comprar y ser propietarios a toda costa. Y de repente, buena parte de los antaño listos que se hipotecaron son ahora presentados como ignorantes que se dejaron camelar por los cantos de sirena; que fueron irresponsables por aceptar cargas hipotecarias que acabarían aplastándoles; que han provocado problemas con su irresponsabilidad a la banca campeona del mundo, ahora lastrada por ladrillos invendibles y créditos morosos: y que además se arriesgan a quedarse en la calle, desahuciados, sin casa, y con la deuda de por vida.
Pues no, oiga. Ni antes yo era el tonto del pueblo y tú el más listo de la clase; ni ahora yo puedo pasar por enterado y tú por el imbécil del tocomocho. En realidad los dos hemos sido víctimas de una política de vivienda hecha a medida del negocio de unos pocos.
Sí, vale, también hubo entre nosotros codiciosos e imprudentes, todos conocemos algún caso. Pero la inmensa mayoría no éramos ni demasiado tontos ni demasiado listos, y pagamos las consecuencias de una política económica que favorecía la burbuja, porque con ella se multiplicaban los beneficios de la banca, de las constructoras y de los grandes inversores y propietarios.
También los inquilinos de alquiler fuimos víctimas de esa política. Yo llevo años pagando rentas disparatadas, muy por encima de lo que pagan amigos que viven en capitales europeas con sueldos muy superiores. Tampoco disfruté de las ayudas y facilidades que sí tenían los compradores de viviendas, ya que todo estaba orientado a disuadir el alquiler y promover la compra: el escaso parque de viviendas en alquiler (y mucho menos públicas), la poca protección, los beneficios fiscales para comprar y no alquilar, los bajos tipos de interés, y hasta la presión social, política, financiera, mediática y familiar que empujaba siempre en la misma dirección: compra, compra, compra.
Como explican en el libro Qué hacemos con la política económica, eso de que los españoles somos por naturaleza proclives a la compra y no al alquiler es un mito: “al contrario, son individuos perfectamente racionales que actúan conforme a un patrón económico-financiero-fiscal lógico, dada la política pública existente, la situación del mercado y las condiciones económico-financieras y fiscales imperantes.” Y el mensaje que recibían era siempre el mismo: no alquiles, compra.
Incluso hoy, cuando se critica a quienes se hipotecaron “por encima de sus posibilidades”, tampoco se favorece el alquiler, porque el objetivo sigue siendo el mismo: vender pisos. Ayer había que vender pisos para seguir hinchando la burbuja; hoy hay que vender los pisos del gigantesco stock que ha quedado. En ambos casos, el mensaje sigue siendo el mismo: compra, compra, compra.
Como resultado de esta demencial política de vivienda, millones de ciudadanos han visto durante años cómo la vivienda era su principal problema: por quedar directamente excluidos del mercado (jóvenes, ingresos bajos, familias monoparentales, y por supuesto parados), o por verse obligados a endeudarse hasta las cejas.
Es decir, que la mayoría hemos salido perdiendo, atrapados en la gran estafa inmobiliaria: los inquilinos en alquiler que hemos pagado rentas desproporcionadas; los compradores que hoy se asfixian con hipotecas inasumibles; los propietarios que ven devaluado su patrimonio; y los desahuciados arrojados a la exclusión.
Pero no todos hemos salido perdiendo. Si el mercado inmobiliario funcionó así, era porque interesaba a esa minoría que se enriqueció obscenamente durante años. Los mismos que ahora lloran por la desaparición del negocio y se atragantan con activos tóxicos, pero encuentran rápidamente consuelo en gobiernos dispuestos a socializar sus pérdidas con rescates, nacionalizaciones, bancos malos y lo que haga falta.
Ya vemos quiénes son los tontos y quiénes los listos en esta historia.